En la adolescencia está muy presente el deseo de sentirse libre,
autónomo y competente. El adolescente no solo tiene más capacidad para aprender
que un niño, sino que lo hace de manera diferente, porque está aprendiendo a
tomar sus decisiones y comienza a hacerlo de manera responsable. Es un momento
clave para visualizar proyectos, para soñar con hacer posible distintas ideas.
La adolescencia es la etapa en la que se adquiere la posibilidad de hacer real
lo posible.
Los adolescentes tienen capacidades intactas para razonar, tomar
decisiones, planificar y tener otros modos racionales de pensamiento y
comportamiento. Sin embargo, aunque reconozcan racionalmente el bien del mal,
estas capacidades pueden ser interferidas con mucha facilidad por sus emociones
o por las influencias de otras personas. Los entornos en los que se dan la toma
de decisiones y un estado emocional alterado pueden llevarlos a realizar actos
peligrosos, inapropiados, o actuar irresponsablemente. Los
adolescentes son más propensos a correr riesgos si creen que sus compañeros los
están observando.
Mientras que el adulto tiene la capacidad de modificar o inhibir
adecuadamente conductas negativas o riesgosas con el fin de evitar
consecuencias futuras, el adolescente es proclive a responder con impulsos. A
medida que crece, acompañado por la presencia del adulto como un agente clave
en esta guía y orientación, el adolescente irá desarrollando la capacidad para
gestionar sus emociones y ganando en autorregulación. Con el tiempo será capaz
de interrumpir un comportamiento si lo evalúa arriesgado, podrá pensar antes de
actuar y elegir entre diferentes posibilidades de acción. Esta maduración de
las redes neuronales, necesarias para la ya mencionada capacidad de
autorregulación, no se produce hasta el final de la adolescencia.
ADOLESCENCIA
Y CAMBIO
El proceso de maduración cerebral –neurodesarrollo–
empieza en la concepción y continua hasta la edad adulta. Dura
aproximadamente 20 años.
Es un proceso ordenado por el que las distintas áreas van
alcanzando la madurez, siempre empieza por las áreas posteriores del cerebro y
avanza hacia las anteriores. El desarrollo estructural y funcional del cerebro
sigue un patrón universal que, en función de la edad cronológica, permite
distinguir etapas:
primero el desarrollo anatómico –prenatal–, luego de la autonomía motora –de 0
a 3 años–, seguido del desarrollo del lenguaje y del conocimiento del entorno –3
a 10 años– para culminar con el desarrollo de la identidad personal –adolescencia–.
Durante la adolescencia el crecimiento físico y la maduración
corporal son más evidentes y rápidos que en la edad escolar. Los órganos
sexuales internos y externos se desarrollan hasta alcanzar la capacidad reproductiva
que les es propia.
La conducta, las emociones, las relaciones sociales, la forma de
pensar, también van a sufrir un cambio espectacular.
El paso de la infancia a la edad adulta no pasa desapercibido. Podríamos
decir que los cambios son igual de llamativos que los que suceden en los tres
primeros años de vida, durante los cuales un bebé recién nacido y completamente
dependiente, pasa a ser un niño autónomo que camina, habla y no lleva pañal.
En ambas etapas los cambios vienen dados por el rápido crecimiento
y cambios corporales, que se corresponden con profundos cambios en la estructura
cerebral.
En los 3 primeros años de vida, para poder alcanzar la autonomía física,
el cerebro
aumenta de volumen engrosando su corteza a expensas de la
formación de redes neuronales. Esto incrementa el perímetro
craneal que crece a más velocidad que nunca.
“Neuronas en crecimiento” – cultivo celular. Se aprecia el
crecimiento de las dendritas y sinapsis entre neuronas. Foto: University of
Victoria Medical Sciences.
çEn los años posteriores, de los 3 a los 10 años, el volumen
cerebral sigue aumentando pero a menor velocidad, al final de la infancia el
cerebro ha alcanzado casi su máximo tamaño. Aún crecerá un poco más en la
adolescencia, pero ahora los cambios son debidos a otros fenómenos que van a
modificar radicalmente su estructura.
El cerebro adolescente sufre una reorganización. Mientras unas
áreas aumentan de tamaño, otras lo reducen.
Cambios en los circuitos cerebrales
Esto sucede porque es necesario que aparezcan nuevos circuitos y
conexiones que permitan sustentar el pensamiento analítico que caracteriza al
humano adulto.
Hasta ahora el cerebro creaba circuitos para sustentar
sus funciones más necesarias: dotar de sentido a las percepciones, controlar la
postura y la manipulación, dominar el lenguaje y la comunicación. A partir de
ahora debe crear circuitos que le permitan tomar decisiones basadas
en el análisis crítico de cada situación. Se intuye que estos circuitos serán
mucho más complejos, ¿no?
En la adolescencia el cerebro sigue perfeccionando sus
capacidades cognitivas, la memoria, el lenguaje, el aprendizaje complejo…
aquellas habilidades que ya domina y sigue utilizando consolidarán los
circuitos que las sustentan. Las dendritas y axones que los conforman
formarán sinapsis (uniones
de comunicación) más rápidas, más maduras, que para ello se rodearán de
mielina, una vaina que acelera la comunicación. Las habilidades que no
practique usarán menos los circuitos que las sustentan y se “desharán” las
uniones sinápticas en una especie de poda de lo superfluo. (Esto explica
donde fueron mis conocimientos de latín y mis clases de piano…)
A la vez aparecen estos nuevos circuitos de las decisiones, más
complejos, que precisan de áreas cerebrales más extensas, y a veces más
alejadas, y que deben conectarse entre sí. La sede principal de estos
“circuitos decisorios” es la corteza prefrontal, la que está en la parte
más anterior del cerebro y por tanto la última en madurar según el programa
general establecido.
La corteza prefrontal y el sistema límbico
La corteza prefrontal humana es proporcionalmente mucho mayor
que la de cualquier otra especie. En ella tienen lugar las funciones cognitivas
más delicadas: la toma de decisiones, la planificación de tareas y
tiempos, la inhibición de un comportamiento inadecuado… y es la sede
de nuestra autoconciencia.
También es imprescindible para la interacción social, porque nos
permite “leer” el comportamiento de los otros, sus acciones y gestos, su mímica
facial –con su carga de emociones y pistas sobre su estado mental–. Antes
de que el otro hable, nuestro cerebro puede saber lo que está pensando.
Pero el adolescente aún no ha desarrollado del todo estas
habilidades prefrontales.
Además, para tomar decisiones no basta con el análisis frío de los
datos objetivos que nos llegan a través de los sentidos, en nuestras decisiones
intervienen inevitablemente las emociones y aquí es donde interviene el sistema
límbico.
El sistema límbico nos permite procesar emociones y recompensas.
Cuando nos lo estamos pasando bien, cuando hacemos cosas emocionantes, el
sistema límbico nos recompensa con una descarga de
dopamina, lo que nos produce una sensación placentera.
En el cerebro adolescente el sistema límbico responde con más
fuerza a esa recompensa en comparación con el cerebro del adulto.
Durante la maduración cerebral de la adolescencia se integran
los circuitos emocionales y cognitivos y precisamente lo hacen en las áreas
frontales.
En las áreas frontales se controla y aúna lo cognitivo y lo
afectivo.
Para que se produzca esta “unión” entre lo racional y lo
emocional se crean nuevos circuitos, nuevas sinapsis, que al principio serán
débiles y fácilmente cambiantes, hasta que la habilidad de tomar decisiones
mejore y, a fuerza de repetirse, se consoliden.
Las hormonas sexuales
Pero eso no es todo, entran en acción las que faltaban: las hormonas
sexuales.
Aunque las hormonas sexuales están presentes
desde las primeras
etapas fetales –entonces intervienen en los procesos de
“sexualización” del feto– y ya inducen diferencias de tamaño en las
diversas áreas cerebrales. Tienen un papel muy relevante en la
adolescencia, sus niveles en sangre son muy altos, son las artífices del
cambio, intervienen en el desarrollo emocional, mental, psicológico y social
del adolescente.
Evidentemente las hormonas sexuales marcan diferencias entre
chicas y chicos, para eso sirven. No solo porque las hormonas y sus
proporciones son distintas para cada sexo, sino porque aparecen a edades
diferentes, antes en las chicas, y con patrones distintos: cíclico en las
chicas, continuo en los chicos.
Las hormonas sexuales femeninas condicionan una
maduración más precoz de las regiones frontales que procesan el lenguaje, el
control del riesgo, la impulsividad y la agresividad.
En los chicos las hormonas sexuales masculinas favorecen
la maduración de las regiones del lóbulo inferior parietal, en donde se
integran las tareas espaciales.
El hipocampo y
la amígdala cerebral también maduran y así se consolida la memoria
individual y la afectividad, imprescindibles para la formación de la
propia identidad. Ambas estructuras son también diferentes en chicos y
chicas, lo que contribuye a las diferencias del desarrollo cognitivo y
social durante la adolescencia.

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