Hablar de emociones desde una postura crítica y objetiva no es
sencillo, pues dicho concepto ha estado permeado de características que en gran
medida involucran aspectos subjetivos (Fredrickson, 2001). Sin embargo, tal y
como Sroufe (2000) sugiere, cada una de sus conceptuaciones y enfoques coincide
en que las emociones tienen múltiples facetas, lo que implica la consideración
de factores cognitivos, sociales y comportamentales. Así, cada autor encuentra
su definición desde una perspectiva distinta, sin dejar de lado los factores y
componentes asociados. Las teorías sobre la emoción difieren en cuanto a cómo
estos componentes se organizan. Por ejemplo, Goleman (1998) sugiere que todas
las emociones son impulsos en los que se halla implícita una tendencia a la
acción. La misma raíz etimológica latina de la palabra así lo sugiere; en
efecto, “emoción” proviene del verbo latino movere, que significa moverse, y el
prefijo e-, “movimiento hacia”. Ciertos autores han puesto de relieve los
procesos fisiológicos, mientras que otros destacan el componente cognitivo.
Lazarus (1991, 2000), por ejemplo, argumenta que las emociones son reacciones
ante el estado de nuestros objetivos adaptativos y en los que participa la
valoración cognitiva; también están aquellos que recalcan la función
comunicativa y el valor adaptativo de la emoción (siendo Darwin su principal
exponente), y finalmente se encuentra otro grupo de teóricos que proponen a la
sociedad y cultura como componentes cruciales en la comprensión de las
emociones (Parkinson, 1996). Ahora bien, desde la perspectiva que nos ocupa, y
teniendo en cuenta el interés y contexto que tiene la psicología positiva para
con el tema, es posible definir a las emociones como respuestas simples con
manifestaciones fisiológicas que suelen ser breves pero precisas, las cuales se
convertirán en el reflejo exteriorizado de lo que la persona siente ante el
estímulo o situación a la que se esté enfrentando.
El estudio de las emociones positivas es controvertido y complejo;
al mismo tiempo, es apasionante en cuanto integra los dominios biológicos,
cognitivos y sociales del desarrollo humano (Vecina, 2006). Sin embargo, hoy
día se le ha descuidado por el énfasis excesivo puesto en su contraparte. Así,
los investigadores muestran un gran empeño en controlar y disminuir los estados
emocionales negativos, cuando resulta igualmente valioso promover lo que da pie
a este trabajo: el cultivo de las emociones positivas. Como expone Vecina
(2006) al referirse al tema, las emociones positivas son parte de la naturaleza
humana y se han convertido en una clave indiscutible para la consecución de las
relaciones sociales. Son creadoras de experiencias positivas (Lyubomirsky,
2008), capaces de promover el disfrute y la gratificación (Seligman, 2002), de
desarrollar la creatividad y de aumentar la satisfacción y el compromiso
(Fredrickson, 1998, 2001), lo que en general se traduce en una espiral
ascendente de transformaciones en la vida de las personas (Prada, 2005). Pero,
¿qué son las emociones positivas o en qué se diferencian de las emociones
negativas? Las emociones positivas son aquellas en las que predomina la
valencia del placer o bienestar (Diener, Larsen y Lucas, 2003); tienen una
duración temporal y movilizan escasos recursos para su afrontamiento; además,
permiten cultivar las fortalezas y virtudes personales, aspectos necesarios y
que conducen a la felicidad. Asimismo, son estados subjetivos que la persona
experimenta en razón de sus circunstancias, por lo que son personales e
involucran sentimientos (Vecina, 2006). Son descritas como reacciones breves
que típicamente se experimentan cuando sucede algo que es significativo para la
persona (Contreras y Esguerra, 2006). Las emociones positivas tienen un
objetivo fundamental en la evolución, en cuanto que amplían los recursos
intelectuales, físicos y sociales de los individuos, los hacen más perdurables
y acrecientan las reservas a las que se puede recurrir cuando se presentan
amenazas u oportunidades; asimismo, incrementan los patrones para actuar en
ciertas situaciones mediante la optimización de los propios recursos personales
en el nivel físico, psicológico y social (Fredrickson, 2001).
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