La evaluación como un acto social universal siempre ha existido,
cualquier sujeto la hace en la medida en que no puede dejar de plantearse la
cuestión del valor de lo que él mismo u otro está haciendo y su respuesta
modifica sus acciones; es decir, está presente implícitamente (Evaluación
implícita) y podemos hablar efectivamente de «la omnipresencia de la evaluación
en la educación, así como en otros dominios distintos de actividad». (Barbier,
1993, p. 36). Esta forma de evaluación es la base sobre la que se construyen
las otras formas de manifestación de la evaluación: la espontánea y la
instituida. La Evaluación espontánea se da cuando en forma natural se
manifiesta la propia opinión (juicio de valor) sobre una actividad o sobre una
persona. Esta forma de manifestación de la evaluación es extremadamente
frecuente, constituye una actividad habitual orientada por criterios que tienen
un juicio de “valor” (Barbier, 1993, p.39) que pone en funcionamiento una
metodología, unos instrumentos y una tecnología para recoger información y
explicitar los datos a fin de ser utilizados. Esta evaluación se considera de
carácter científico y su función es clara: “objetivar el proceso de evaluación,
realizando la operación con cierta independencia en relación con los actores
que la practican” (Barbier, UNIVERSIDAD PEDAGÓGICA NACIONAL Digitalizado por
RED ACADEMICA 1993, p.37). Ejemplos son los exámenes, las calificaciones, los
tests, evaluaciones de aptitud, de programas, de métodos, de currículo. Aunque
a primera vista se puede decir que la evaluación educativa se ha visto afectada
por el desarrollo de las teorías del aprendizaje (conductismo, estructuralismo,
constructivismo, ...) y los diferentes enfoques de la educación que éstas
provocan, y aunque aparentemente se han dado cambios a nivel de: Quién o qué
debe ser evaluado; quién debe evaluar; cómo se deben llevar a cabo las
evaluaciones y cómo integrar mejor la evaluación en el proceso educativo, lo
que muestra la historia de la evaluación educativa es que desde el momento en
que unas prácticas concretas se designan como evaluación, en unas
circunstancias y condiciones históricas determinadas, el concepto evaluación se
usa para designar prácticas de control denominándose evaluación desde un estado
de cuentas hasta el control que un formador (instructor, maestro) ejerce sobre
los procesos pedagógicos y a través de éstos al alumno. Para llevar a cabo el
control, se requieren de indicadores en términos de conductas esperadas y
previstas dentro del esquema orientación - seguimiento -selección. Basándonos
en el referente conceptual anterior, es posible ubicar la evaluación por logros
dentro de una concepcion de evaluación implícita, ya que creemos que como
acción inherente a la condición humana, evaluación hacemos todos siempre que
reflexionamos sobre nuestra existencia y nuestras acciones lo cual no requiere
de ajustarse a las prescripciones de la investigación evaluativa. La evaluación
por objetivos es ubicable dentro del concepto de evaluación instituida que
presenta como origen la segunda mitad del siglo XVIII, en donde la presencia de
proyectos revolucionarios reclaman por un sistema de enseñanza fundamentado en
la apertura a todos para la preparación para funciones especializadas y el
reconocimiento de los méritos individuales. El dispositivo
orientación-seguimiento-selección se enfatiza, en el presente siglo, en la
década del 30, época caracterizada por la depresión económica y el desempleo,
influyendo la educación como mecanismo para discriminar por aptitudes,
surgiendo simultáneamente la orientación educativa como forma de seleccionar y
eliminar, ya que la orientación no es más que racionalizar la selección para
evitar derroches de dinero. El concepto de evaluación como medición, surgida en
la década de los años 20, por influencia de la psicometría que pretende
perfeccionar la eficacia de los actos de evaluación elaborando instrumentos
(los test) para moderar y controlar los juicios de valor, conducen a una
estandarización de todos los componentes de la educación. Bajo este paradigma,
las variables para las que no se poseen instrumentos de evaluación y escalas de
medición, corno los afectos y valores, quedan por fuera de la evaluación ya que
el dato, recogido a través de tests, se puede procesar y analizar
estadísticamente para tomar decisiones y establecer normas considerándolos por
esto útil. Se asume entonces la curva normal como expresión matemática del
orden natural. Posteriormente, década del 40, la evaluación se concibe como la
comprobación de la congruencia entre resultados y objetivos. Dichos objetivos
están referidos a cambios predeterminados como deseables en la conducta del
individuo. La filosofía y psicología a través de la cual se implementó este
concepto fue la conductista, razón por la cual los objetivos se expresaron en
términos de conductas observables, tomándose éstas como criterio único, pasando
a ser la evaluación una técnica terminal de comprobación de productos dejando
de lado las interacciones sociales y culturales, ocurridas dentro y fuera del
aula, cuyos resultados también pueden ser evaluados así no se hayan incluido
expresamente en los planes de estudio y programas.
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