Las
emociones son parte de nuestra vida cotidiana, urbana, moderna, neoliberal, utilitarista.
Sin embargo, durante un tiempo quedaron fuera del mapa de la ciencia. Quienes
han observado este resurgimiento del interés por las emociones como objeto de
estudio científico refieren que el proyecto de la modernidad suponía la
racionalización de la vida. En este sentido, las emociones eran un freno de la
razón, una parte de nuestra animalidad y había que controlarlas. La primera y
segunda guerras mundiales mostraron que la racionalidad también producía
acciones aberrantes y es esa una de las fisuras por las que las emociones se
reincorporan en la explicación de las acciones humanas.
Neurociencia de las emociones
En
el caso de la neurociencia de las emociones, la observación del fenómeno
emocional está centrada en el organismo individual. Aunque todos confluyen en
el estudio del cerebro para analizar cómo se produce la emoción, existen
algunas diferencias en la localización cerebral y en la relación con el cuerpo
propiamente dicho. Para los neurocientíficos en general, las emociones aparecen
causadas por necesidades del organismo detonadas internamente o por
acontecimientos externos. Son sensores de que algo se modificó y aparecen como
motivadoras para la acción y la movilización de recursos del individuo (interna
o externa). Las emociones, en última instancia, son traducciones del entorno
externo o interno: traducciones de información percibida y que se utilizan para
la acción. En este sentido, las emociones son fenómenos de sobrevivencia (del
individuo y de la especie). Partiendo de un supuesto tiempo evolutivo, es
decir, de la continuidad de las especies y de la necesidad de sobrevivir, las
emociones no son productos culturales (el homo sapiens aparece en
la Tierra hace cincuenta mil años, las primeras expresiones culturales hace
doce mil, y la escritura hace 3,500 años) (Damasio, 2018: 13-14). Son, por el
contrario, señalizaciones y reacciones formadas a lo largo de milenios que han
resultado útiles para la subsistencia de la vida.
Las
distinciones de cómo aparece la emoción se dan con respecto a qué partes del
organismo son las inicialmente activadas o movilizadas para producirla. Aquí la
socialización, la cultura, la interacción aparecen como entorno. Es decir, los
autores no niegan su existencia; sin embargo, lo importante de la emoción
aparece en el organismo. El entorno es social y ambiental y aparece como parte
de los detonantes de la emoción. Para entenderla, entonces, no es necesario
analizar los detonantes externos sino qué sucede en el cerebro/cuerpo ante ese
entorno supuesto. La mayor parte de los neurocientíficos asumen que existen
emociones innatas (conservadas por la evolución) compartidas con otras
especies. Además, se considera que otras son propiamente humanas. Entonces, la
explicación de la emoción está centrada en ¿qué sucede en el organismo
humano? Los problemas que se investigan son: 1) ¿cuáles son los
circuitos cerebrales necesarios para que cada emoción básica aparezca y cómo se
expresan éstas en el cuerpo (músculos faciales, tono muscular en general,
secreción de hormonas, liberación de neuromoduladores, acciones concretas,
etc.)?; 2) ¿cómo un estímulo del entorno se traduce en señales
químico-eléctricas y se puede transformar en un detonante para la acción?; 3) ¿cómo
se producen emociones específicas?; y 4) la relación de las emociones con el
comportamiento humano y con la salud/enfermedad.
Como
se puede apreciar, para la sociología de las emociones el entorno es el cuerpo
con su cerebro, vísceras y sistema músculo esquelético; lo que se distingue
como relevante para la explicación de la emoción es precisamente lo que aparece
como entorno para la neurociencia de las emociones, a saber, la cultura, la
interacción, la socialización. Es decir, los intentos de explicación no son
contradictorios sino que se podrían concebir como complementarios. ¿Cómo tender
puentes entre disciplinas? La respuesta está en esas intersecciones que ambos
enfoques mencionan. En el punto de contacto del cerebro-cuerpo con lo social.
Esta estrategia supone retomar lo que los propios neurocientíficos de la
emoción afirman sobre el proceso emocional y desvelar cómo la sociedad está
inscrita en los cuerpos-mentes que analizan. Dos momentos en los que es posible
observar lo anterior son la percepción (de estímulos emocionalmente
competentes) y la experiencia/vivencia de la emoción, así como su relato
verbal. En ambos momentos se requiere de memoria y procesamiento de
información, dimensiones que están anudadas con la sociedad como entorno (que
se incorpora en el cerebro-mente). Esto se explicará en la última parte del
escrito.
Para
poder demostrar lo anterior, es necesario presentar con detalle cómo se
explican las emociones desde la neurociencia.3 En neurociencia existen múltiples
investigaciones empíricas respecto de las emociones; sin embargo, sólo algunos
nombres han logrado reconocimiento, y tienen sus propios institutos y
financiamientos. El porqué de ello requeriría de una explicación sociológica de
la ciencia mucho más profunda. Carlos Blanco, en su libro sobre la historia de
la neurociencia (Blanco, 2014) menciona a un puñado de
autores especializados en el tema y que tienen más o menos treinta años de un
trabajo constante en el campo. Ellos son: Jan Panksepp, Joseph Le Doux, Antonio
Damasio y Richard Davidson. A éstos habría que sumar la valiosísima aportación
de Lisa Feldman Barrett (2018), quien fundó la
revista Emotion Review en 2009 y que quizá no es mencionada
por Blanco puesto que es psicóloga de origen y después se insertó en el campo
de la neurociencia. De entre estos autores, se eligieron a Joseph Le Doux y a
Antonio Damasio por dos razones. Por un lado, como he tratado de mostrar, no es
que los neurocientíficos no tomen en cuenta la existencia de la sociedad y de
la cultura, sino que las ven como entorno de lo fundamental: el organismo
individual. En este énfasis en el individuo podemos encontrar variaciones en:
1) ¿qué tanto este organismo individual es un producto evolutivo, cuya
interacción con el entorno es de selección? (organismos, procesos y
acciones permanecen o desaparecen en función a si son útiles para la
sobrevivencia, pero los procesos y las acciones ya estaban inscritos en la
biología del organismo), y 2) ¿qué tanto el entorno social/cultural/ambiental
modifica al propio individuo; el individuo aprende del entorno
(se socializa, diríamos en términos sociológicos, y con ello modifica los
patrones biológicos innatos). En esta gradación, diríamos que quien está más
pegado al punto 1 es Jak Panksepp; por ello, es difícil conversar con un autor
que casi desaparece lo social al explicar las emociones. Los otros autores
permiten un diálogo y la posibilidad de generar un puente entre posiciones,
como se verá en este escrito. La segunda razón tiene que ver con el
fenómeno emoción. En los casos de Damasio y LeDoux son visibles
sendas referencias claras a este fenómeno y, además, un intento de definición.
Richard Davidson, por el contrario, no piensa en la emoción sino en los
“perfiles emocionales”, es decir, en las maneras de reaccionar a lo emocional,
y no proporciona una definición al respecto (Davidson y Begley, 2012).4 Por lo anterior, en los siguientes
dos apartados se realizará una revisión de las propuestas de Damasio y LeDoux y
se irá apuntalando en qué momentos puede observarse a la sociedad inmiscuirse
en el proceso emocional en cada una de las explicaciones.

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