La educación, como se sabe, involucra dos acciones fundamentales: la de enseñar y la de aprender. Las investigaciones científicas sobre la conducta humana y el funcionamiento cerebral brindan información valiosa sobre cómo los seres humanos enseñamos y aprendemos que puede ser útil para las teorías y prácticas educativas. Las neurociencias pueden realizar importantes contribuciones al conocimiento para facilitar la comprensión de procesos cognitivos claves para la enseñanza-aprendizaje, tales como la memoria, la atención, el lenguaje, la lectoescritura, las funciones ejecutivas, la toma de decisiones, la creatividad y la emoción, entre otros. Las neurociencias modernas son también importantes para el entendimiento de situaciones de riesgo de aprendizaje (por ejemplo, dislexia y discalculia) y así ofrecer un beneficio para muchísimos niños.
La metodología utilizada en el campo de las neurociencias
cognitivas humanas y la psicología experimental ofrece además la posibilidad de
probar empíricamente estrategias e intervenciones que pueden implementarse en
el área de educación como, por ejemplo, el monitoreo y la comparación de
distintas modalidades de enseñanza y aprendizaje. Sin embargo, aunque se pueda
enfatizar el potencial de las neurociencias como una herramienta para mejorar
la educación, la transición del laboratorio al aula no es sencilla.
Desde el momento en que nacemos, nos la pasamos aprendiendo. Así,
procesamos información y construimos "esquemas mentales" del mundo
para poder reflexionar, tomar decisiones y actuar. El aprendizaje es tan
importante y tan central en la vida que por eso se vuelve primordial tratar de
comprender qué es, cómo se produce y cómo se pueden mejorar los procesos, en lo
individual y en lo social. Gracias al avance de la ciencia, hoy sabemos
que, en su desarrollo, nuestro cerebro se va esculpiendo, es decir, va
cambiando tanto su estructura como su funcionamiento. Así, las conexiones
neuronales se van modificando a lo largo de la vida como producto del
aprendizaje y la interacción con el ambiente que nos rodea. Esta capacidad del
cerebro, denominada "plasticidad cerebral", da cuenta de que los
conocimientos y habilidades que adquirimos no son estáticos, sino que están en
constante cambio. En pocas palabras: aprender es bueno para el cerebro.
El aprendizaje puede realizarse de distintas formas; una de ellas
se da de manera guiada, pautada y asistida. Por ejemplo, las personas solemos
aprender a leer y a escribir si otra persona nos lo enseña explícitamente.
Sobre las prácticas planificadas y mediadas se sustentan las acciones
desarrolladas por las instituciones educativas. En este sentido, los contenidos
curriculares y objetivos para cada etapa, los modelos pedagógicos y la
distribución del tiempo en la jornada escolar se apoyan -o deberían hacerlo- en
supuestos sobre cómo aprendemos. Es así que el diálogo entre las múltiples
disciplinas puede contribuir al desarrollo de una educación de mayor calidad
que provea las bases para que todos aprendan y desarrollen plenamente el máximo
de su potencial.
Diversos estudios científicos sobre el comportamiento humano, el
funcionamiento del cerebro y la psicología experimental han mostrado evidencia
sobre factores que promueven o facilitan el aprendizaje:
* Tener una buena nutrición es esencial para el aprendizaje.
Investigaciones en poblaciones que sufren malnutrición han probado que ciertos
tipos de deficiencia nutricional impactan negativamente en el cerebro y en el
desarrollo de las funciones cognitivas. Los programas de alimentación escolar
han resultado efectivos para mejorar la asistencia y permanencia de los niños y
niñas en la escuela. Asimismo, pueden contribuir a incrementar la equidad
social, prevenir las carencias nutricionales y promover hábitos saludables de
alimentación.
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